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sábado, abril 02, 2022

¿Quién se va? ¿Qué se lleva?

La madrugada del martes 29 de marzo del año 2022, falleció el profesor Guillermo Castillo Nava, mi suegro.  Nos cuentan que ya estaba sufriendo mucho. Mi esposa me dice que él les enseño que cuando un animal sufre, por compasión hay que ayudarlo a morir.  La muerte de mi suegro fue natural, pero esa idea, la de evitar sufrimiento innecesario, nos brinda consuelo de que fue lo mejor.  Casi parece que él decidió cuando iba a morir.  Insistió en que lo llevaran a su casa (había estado en casa de uno de mis cuñados) y murió en la misma cama que murió mi suegra tan sólo un año antes.

Cuando una persona muere, usamos todo tipo de eufemismos para que "no se oiga tan feo".  Yo mismo lo estoy haciendo aquí.  La persona "descansó", "pasó a mejor vida", "se nos adelantó", "se fue al cielo" etc.  Estas frases piadosas tratan de suavizar el golpe de decir que alguien ya no está con nosotros.  

Se entiende. Al fin y al cabo ¿quién nos puede decir con seguridad que pasá "del otro lado"?  Las distintas religiones nos dan sus respuestas.  Tenemos también los reportes de quienes han muerto y vuelto a la vida. Nos hablan de una luz blanca brillante, de una presencia amorosa, de encontrar a seres queridos, santos, ángeles o avatares que dan la bienvenida al recién llegado.  Pero la verdad, el fin de la vida, al igual que su inicio, son un misterio. A lo mejor es a propósito. Tal vez no se supone que debamos saber. Quizá echaría a perder la sorpresa...

Pero el deceso de mi suegro me hace pensar en lo que deja detrás y lo que se lleva.  Sin duda no se lleva su recuerdo, que seguirá vivo en nuestro corazón.  También nos deja su ejemplo, que trataremos de honrar en nuestras acciones.  Su memoria, sus consejos, sus bromas, sus anécdotas, todo ello queda.  Quedan además sus pertenencias y la dura labor de decidir qué hacer con sus camisas, con su colección de estampillas, con las medicinas que se quedaron a medias, con los chocolates que estaba guardando para cuando mejorara, los libros de Sudoku sin terminar, con sus sillón predilecto, con sus lentes para leer, papeles y papeles, las recetas médicas con las instrucciones para cuidar a su enferma esposa, la botellita casi nueva de aceite para el cabello... Son muchas cosas las que deja, recuerdos, fotos amarillas, radiografías, sentimientos encontrados, añoranza, agradecimiento, paz, tristeza...  Alguien dijo, una persona amada nunca se va del todo.  Se queda con nosotros y el amor que le tuvimos le mantiene vivo. Concuerdo.  Pero entonces ¿qué se va?

Se va el cuerpo.  Se va la posibilidad de abrazarlo, besarlo y hasta olerlo.  Se va también (aunque tal vez en menor medida) la posibilidad de platicar con él.  De compartir una broma, pedir un consejo, de ver su rostro iluminarse cuando nos pelaba papaya o mango (o una salsita picosa con chiles de su jardín, una chocha, o cuajada...).  Con ello se lleva también su sazón y sus infinitos conocimientos sobre el rancho y sus animales (muchos transmitió a sus hijos, pero se sería imposible compartirlos todos).  Se lleva también una historia, un universo del que sólo sabemos detalles.  Se lleva su muy especial forma de ver el mundo, lo que sintió cuando se comprometió con la que sería su compañera de toda la vida, su orgullo al ver crecer a sus hijos, la satisfacción de ver a un alumno finalmente resolver un problema, el gusto de cargar y ver crecer a cada uno de sus nietos, su opinión sobre la forma en que estaba cambiando el mundo.  Cuando alguien se va, se lleva también sus recuerdos ¿cómo se veía su mamá cuando era niño? ¿cómo era la voz de su padre de joven? las bromas de sus compañeros de Tamatán, los aromas de su rancho.  También se lleva sus sueños e ilusiones, los alcanzados y los que no se llegaron a completar.  Con él se irán los espacios físicos.  Pronto la casa de los abuelitos dejará de serlo, otros inquilinos vendrán, pintarán la casa y forjarán sus propias memorias.  Nosotros pasaremos por ahí y le diremos a nuestros hijos (y tal vez nietos) "¿te acuerdas que en esa casa, vivían tus abuelos?" o "en esa casa (que tal vez ahora es una oficina o un Oxxo) pasé mi infancia".  

Estoy convencido que morir no es algo que hay que temer o lamentar.  Es la única certeza que tenemos. El precio del boleto para entrar en esta vida es saber que algún día, tarde o temprano, vamos a morir.  Que nos volveremos a fundir en esa luz (que muchos llaman Dios) de dónde venimos y que será al menos tan hermosa como la vida que dejamos atrás (por que con todo y todo, la vida es hermosa). Incluso me atrevo a decir que habría que estar feliz por el que se va.  Pero, todo eso no cambia el hecho de que el que se va deja un hueco inmenso en nuestro corazón.  Un vacío que nada ni nadie podrá jamás llenar, y que es más, no debe ser llenado.  El tamaño de ese hueco va en proporción directa el amor profesado.  Llorar purifica el alma y es un homenaje al amor que sentimos y seguiremos sintiendo por esa persona que se nos adelantó y que tal vez, literalmente o como energía, volveremos encontrar cuando lo alcancemos.  Pero mientras tanto, hay que llorar, dejar fluir esas lágrimas agridulces de agradecimiento por haber conocido a la persona amada y de dolor por que ya no estará aquí.

Descanse en paz Don Guillermo. Querido suegro, deja mucho, pero se lleva también mucho.  Nos quedamos atrás, con la esperanza de reencontrarnos, de alguna manera u otra algún día.  En lo personal, como le dije muchas veces, le agradezco confiarme a su hija.  Yo acá se la cuido.  Como usted, haré todo lo posible para seguir su ejemplo y ser un buen padre, esposo, hermano y un hombre de bien.  Ojalá, al final de mis días pueda decir como usted "se hizo lo que se pudo". Misión cumplida.

En Serio
Te digo en serio que la muerte no existe. De pronto lo
descubres. Cuando el pedazo de carbón no es más
madera quemada sino carbón a solas, lleno de sí mismo,
con su propia vida; cuando la corteza del árbol o la hoja
desprendida flota sobre el arroyo, y la piedra en el fondo
junto a los caracoles crece mansamente; el agua llena de
tantas cosas minúsculas, llena de luz, de música, de insectos
destruidos, de zancudos cristianos caminando sobre
su superficie; el agua que se bebe la sombra de los
árboles; el ganado a su orilla, las quietas vacas en el
viento, el viento quieto como una transparencia; toda la
tarde, todo el concierto, la armonía, el deslumbrante
misterio que estaba allí a tu alcance, tan sencillo y tan
simple. Y tú dentro de todo, con todo en ti mismo. -Te
digo que sólo la vida existe.

Jaime Sabines