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sábado, septiembre 13, 2003

Confía en ti mismo


Nada ni nadie puede darte paz, más que tu mismo.
Ralph Waldo Emerson

Mi vida espiritual esta llena de expertos. Si quiero mejorar mi relación con dios, acudo a un consejero espiritual. Si busco conocer si le he ofendido, busco a mi confesor; si quiero hablar con dios, pido asesoría a un sacerdote, sobre como orar (todo esto, sin contar la legión de médiums, místicos, sanadores, shamanes, adivinadores, gurúes, etc. siempre dispuestos a ayudarme a comunicarme con él). A veces me pregunto ¿no le gustaría a dios que tuviéramos una relación más directa, aunque tal vez más amateur?

Vivimos tiempos de cambio. Ya es casi un cliché (no por ello menos cierto) aquello de “lo único permanente es el cambio”. El hombre moderno cuestiona principios, reglas e instituciones que hace apenas muy poco daba por sentadas. Creo que en nuestra vida espiritual ocurre lo mismo. Somos producto de nuestro tiempo y cultura, como nuestros padres y abuelos fueron de la suya. Alguien señaló alguna vez que Buda no pudo haber sido San Francisco de Asís, pues a ambos los influenciaba su entorno. Del mismo modo, los escritos de Pablo, Mahoma o Confucio, no pueden entenderse cabalmente fuera de su contexto histórico. El hombre del siglo XXI tal vez tenga las mismas preguntas que las del hombre en tiempo de Moisés, Siddharta o Jesús; sin embargo, las respuestas que satisficieron a aquellos difícilmente son suficientes ahora. Sospecho que es precisamente esa falta de respuestas apropiadas lo que va alejando, cada vez más, a los jóvenes de las religiones establecidas. Lo interesante es que –sólo tal vez- esto no sea tan malo como parece.

Tal vez es el momento de volver hacia adentro. Volver a nosotros mismos. La idea no es (aunque pueda sonar) tan descabellada. ¿no somos –según el hinduismo- expresiones individuales (atman) del dios universal (brahaman)? No sugiere Jesús mismo que cuando hagamos oración lo hagamos en nuestro cuarto, con la puerta cerrada y ahí encontraremos al padre. ¿No está dios dentro de cada uno de nosotros?

Sospecho que lo que pasa es que nos hemos llenado de ritos, de fórmulas, de intermediarios, que nos llenan de ruido y (como decía la madre Teresa) dios nos habla muy quedito, necesitamos del silencio para escucharlo. Y añadiría que no sólo silencio, sino también confianza en nosotros mismos, en esa voz interior que estamos tan acostumbrados a NO escuchar. Le damos más valor a lo que otros (por bien intencionados que sean) nos dicen que debe ser y desconfiamos de nosotros mismos. Una nueva espiritualidad requiere que escuchemos, en silencio, a esa voz que proviene desde lo más hondo de nuestro corazón y que es la voz de dios mismo hablándonos bajito, a cada uno, en nuestro propio idioma. Escuchando esa voz, encontraremos la respuesta que todos (lo tengamos claro o no) buscamos. Llenaremos el vacío espiritual que estamos intentando atiborrar con cultos o sectas o nuevos ídolos o drogas o propiedades o con más vacío.

Esto parece muy fácil, pero todo lo contrario. Si eres honesto contigo mismo, es difícil. Se requiere valor para dejar el rebaño y ser tu propio pastor. Valor para pararse sólo. Cuando éramos bebes, requerimos de mucho valor para aprender a caminar, nos caímos mil veces y mil veces nos levantamos para volverlo a intentar. Pero entonces nuestro espíritu estaba virgen, la sociedad no nos había llenado de dudas sobre nuestra valía, no habíamos aprendido la “habilidad” de moldearnos a las circunstancias. Confiábamos en nosotros mismos, éramos valientes. Ese tipo de valor se requiere. Valor para escuchar (y no sólo escuchar, sino respetar, hacer respetar y seguir) nuestra propia voz. Sólo los hombres y mujeres maduros son capaces de esto.

Buda recomendaba a sus aprendices no aceptar sus palabras, ni las de ningún maestro, sólo por respeto a él. Les invitaba a pensarlas, analizarlas, ponerlas en práctica y sólo aceptarlas al comprobar que les llevaban A CADA UNO EN LO PERSONAL a la felicidad.

Quizá deberíamos comenzar a escucharnos a nosotros mismos y tener una relación más ”amateur” con dios.

Avidyanatha
© 2003

Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...

El cielo esta en otra parte (mira alrededor)

Alguien dijo que el secreto de la felicidad no esta en tener lo que quieres, sino en querer lo que tienes. Por mucho tiempo pensé que esa era la formula del conformismo; que si todos tomáramos esa actitud, viviríamos sumidos en la mediocridad, no había desarrollo ni progreso alguno. Hoy me pregunto ¿será eso tan malo? ¿Cambiaría mi “progreso” por felicidad? ¿Lo he hecho ya? Ya se ha dicho que no buscamos soluciones, sino paliativos para nuestro sufrimiento. ¿Prefiero ser infeliz en la opulencia a feliz en la honrosa medianía? (parafraseando a Juárez).

¿Por qué anhelamos lo que no tenemos? ¿Por qué la fruta prohibida es la más apetecible? ¿Resultado del pecado original? (en sentido figurado, claro esta) La relación subrepticia, fumar a escondidas, echarse la pinta. Envidiamos el carro del vecino y valoramos a su pareja idealizándola sobre la nuestra; deseamos lo que no tenemos ¿por qué será?

Hace poco me enfrasqué en una discusión sobre este tema con un grupo de amigos y se defendió la idea de que esa inconformidad es sana, es el motor del desarrollo (volvemos a la misma idea) ¿No estaremos drogados por esa idea al grado de considerarla positiva? ¿No estamos lamiendo nuestras cadenas?

Sin duda nuestra cultura occidental tiene un papel importante en este proceso de lavado de cerebro. Hay que ganar, hay que ser el número uno, “hasta que usé/tuve/poseí “x” carro, camisa, detergente, loción, etc., etc., fui feliz” ¿Por cuánto tiempo? Somos como niños malcriados en una habitación llena de juguetes. Jugamos con ellos por un momento y pronto nos aburre y queremos el juguete que tiene el otro niño. Hastío es el común denominador (consciente o no) detrás de esa búsqueda y –tarde que temprano- según que tan analítico o superficial sea uno, se da cuenta que ha vivido engañado, que la anhelada felicidad no esta en tener más juguetes (posición económica, puestos, reconocimientos, conquistas, posesiones...) y llega el sentimiento de vaciedad y entonces queremos reclamar, solicitamos la devolución de nuestro dinero, nos volvemos cínicos ante la vida, por la mala broma que nos ha jugado. ¿Por qué no me lo dijeron antes?

¡Pero nos lo han dicho antes! Lo dijo Gotama-Buda, al decir que el origen de todo sufrimiento son los apegos; nos lo dijo Jesús-Cristo al sugerirnos que no atesoráramos tesoros en la tierra, que son precederos, sino que los atesoráramos en el cielo (evito entrar a la discusión religiosa sobre que significa “en el cielo” en mi opinión, quiere decir, tesoros del espíritu).

San Francisco decía “deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco”. Esa postura sin duda te sitúa en posición de ver claramente (liberarte del “maya” según los hindúes).

Claro que yo no creo que debamos tampoco renunciar literalmente a las cosas materiales (ni creo que Buda o Xto lo hayan sugerido), sino renunciar al deseo al “necesito tenerlo”. En realidad son pocas las cosas que realmente necesitamos tener. No, vivamos en este mundo sin ser de él. Abramos los ojos, tal vez nos daremos cuenta que lo que “realmente” necesitamos, ya lo tenemos y –lo que es más- siempre lo hemos tenido.

El maestro invitó al reconocido profesor, que estaba de visita en el pueblo, a que lo acompañara a cenar en su casa. Al llegar, el profesor notó con asombro que la casa del maestro no tenía mas muebles que un catre, una lámpara y una mesa con dos sillas. Sorprendido el profesor preguntó: “Maestro, ¿dónde están sus posesiones?” a lo que el maestro respondió con otra pregunta “¿dónde están las suyas?” “¡pero si yo sólo vengo de paso!” contestó el profesor; “también yo” fue toda la respuesta del maestro.,

Avidyanatha
© 2003

Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...

viernes, septiembre 05, 2003

Muchos caminos, un destino

Cuando leas, no lo hagas buscando contradecir ni aceptar, sino comprender y ponderar.
Francis Bacon


“¿Dónde esta dios?” esa pregunta la hacemos de niños, quizá antes aún antes de comenzar a ir al catecismo. Claro que todos sabemos la respuesta “dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. A veces me pregunto si realmente lo creemos o si más bien creemos (y para conocer nuestras verdaderas creencias no hay que escuchar lo que decimos sino observar lo que hacemos) que dios se encuentra bien guardadito en las iglesias, a salvo de todo mal.

Un pececito se acerco al gran pez a quien todos respetaban por su sabiduría y edad avanzada. “Disculpe señor” dijo el pececito, “¿me podría decir usted donde puedo encontrar el océano?, “¿el océano?” respondió el gran pez, “el océano es lo que te rodea, donde te mueves, respiras y existes”, “¡Oh no señor!, esto es sólo agua, el océano es algo grande y maravilloso”. El gran pez miró con amor al pequeño pececito, pero no dijo más. El pececito se fue de ahí a seguir su búsqueda; triste y a la vez sorprendido de que alguien supuestamente tan sabio, no supiera donde encontrar al océano.
[1]

Una de las estatuas más famosas de la India, es la imagen del dios danzante Shiva Nataraja ó “Shiva señor de la danza”. La imagen no significa que el dios Shiva sea el “santo patrono” de la danza, sino que tiene un significado mucho más profundo. Para quienes profesan la religión hinduista (de forma similar a nosotros), dios es el creador del universo, y dicha creación sólo existe en dios, como parte de él y no como algo independiente. Del mismo modo que la danza es creada cada momento por el bailarín, y es parte de él. No se puede concebir una pieza de danza sin el bailarín, así como no puede concebirse a la creación sin dios.

¿Qué tal si dios realmente esta en todas partes? ¿Qué tal si lo pudiéramos “ver” a cada paso, en cada lugar? ¿No sería acaso maravilloso?

Vamos considerando esta idea con más detenimiento. TODA la creación es obra Y parte de dios. Partiendo de esta premisa, no es difícil imaginar y “ver” a dios en todas partes, no como un señor mayor con larga barba blanca, sino como su creación. Dios está presente (dios “es”) en cada árbol, en cada gota de agua, en el canto de cada ave, en cada niño; pero también en cada lágrima, en cada enfermedad, en cada sollozo y en cada risa. Más aún, cada uno de nosotros es dios, de la misma manera que cada gota del océano ES el océano. Es decir, no es distinto del océano, sino que contiene toda su esencia y es parte del él. ¿No sería esto a lo que se refería Jesús, al decir “el que me ve a mí, ve al Padre”? Recordemos que el Génesis mismo dice que dios nos creó a su imagen y semejanza (recuerde de nuevo las gotas del océano). ¡Imagine las implicaciones de creer esto! (que no tiene nada de novedoso), finalmente podríamos ver a dios, no sólo en lo bello de la creación, sino en toda ella y –más importante- en cada una de las personas que encontráramos en nuestro camino.

Hagamos un experimento. Deja de leer un momento y di con toda la convicción posible: “yo soy dios” ¿ sonó raro?, quizá incluso presuntuoso o tal vez una herejía. Tal vez te incomode, quizá es demasiada responsabilidad. Sea lo que sea que hayas sentido, esta bien, este pequeño ejercicio al menos debió servir para dar un vistazo (si bien uno muy por encimita) a tus creencias y relación con dios. Esto siempre es bueno.

Los budistas Zen creen que todos somos “budas” pero que no nos hemos dado cuenta. Creo que cualquier reacción al experimento de arriba, es producto más de la falta de costumbre que de otra cosa. Vale la pena seguir reflexionando en esto, pero con cuidado! Si llegas mañana a tu trabajo diciendo “¿qué creen? Acabo de descubrir que soy dios” con toda seguridad creerán que estas loco (¿suena familiar?) Sin embargo en la India, si hicieras la misma declaración, probablemente te responderían: “¡Felicidades! finalmente te diste cuenta”.

Avidyanatha
© 2003

[1] El cuento original de Anthony de Mello.