La madrugada del martes 29 de marzo del
año 2022, falleció el profesor Guillermo Castillo Nava, mi suegro. Nos cuentan que ya estaba sufriendo mucho. Mi esposa me
dice que él les enseño que cuando un animal sufre, por compasión hay que ayudarlo a
morir. La muerte de mi suegro fue natural, pero esa idea, la de evitar sufrimiento innecesario, nos brinda consuelo de que fue lo mejor. Casi parece que él
decidió cuando iba a morir. Insistió en que lo llevaran a su casa (había
estado en casa de uno de mis cuñados) y murió en la misma cama que murió mi
suegra tan sólo un año antes.
Cuando una persona muere, usamos todo tipo
de eufemismos para que "no se oiga tan feo". Yo mismo lo estoy
haciendo aquí. La persona "descansó", "pasó a mejor
vida", "se nos adelantó", "se fue al cielo" etc.
Estas frases piadosas tratan de suavizar el golpe de decir que alguien
ya no está con nosotros.
Se entiende. Al fin y al cabo ¿quién nos
puede decir con seguridad que pasá "del otro lado"? Las
distintas religiones nos dan sus respuestas. Tenemos también los reportes de
quienes han muerto y vuelto a la vida. Nos hablan de una luz blanca brillante,
de una presencia amorosa, de encontrar a seres queridos, santos, ángeles o
avatares que dan la bienvenida al recién llegado. Pero la verdad, el fin
de la vida, al igual que su inicio, son un misterio. A lo mejor es a propósito. Tal
vez no se supone que debamos saber. Quizá echaría a perder la sorpresa...
Pero el deceso de mi suegro me hace pensar
en lo que deja detrás y lo que se lleva. Sin duda no se lleva su recuerdo, que seguirá vivo en
nuestro corazón. También nos deja su ejemplo, que trataremos de honrar en
nuestras acciones. Su memoria, sus consejos, sus bromas, sus anécdotas,
todo ello queda. Quedan además sus pertenencias y la dura labor de
decidir qué hacer con sus camisas, con su colección de estampillas, con las
medicinas que se quedaron a medias, con los chocolates que estaba guardando
para cuando mejorara, los libros de Sudoku sin terminar, con sus sillón predilecto, con sus lentes para leer, papeles y papeles, las
recetas médicas con las instrucciones para cuidar a su enferma
esposa, la botellita casi nueva de aceite para el cabello... Son muchas cosas
las que deja, recuerdos, fotos amarillas, radiografías, sentimientos encontrados, añoranza,
agradecimiento, paz, tristeza... Alguien dijo, una
persona amada nunca se va del todo. Se queda con nosotros y el amor que
le tuvimos le mantiene vivo. Concuerdo. Pero entonces ¿qué se va?
Se va el cuerpo. Se va la
posibilidad de abrazarlo, besarlo y hasta olerlo. Se va también (aunque tal vez en menor medida)
la posibilidad de platicar con él. De compartir una broma, pedir un consejo,
de ver su rostro iluminarse cuando nos pelaba papaya o mango (o
una salsita picosa con chiles de su jardín, una chocha, o cuajada...).
Con ello se lleva también su sazón y sus infinitos conocimientos sobre el
rancho y sus animales (muchos transmitió a sus hijos, pero se sería imposible compartirlos
todos). Se lleva también una historia, un universo del que sólo
sabemos detalles. Se lleva su muy especial forma de ver el mundo, lo que
sintió cuando se comprometió con la que sería su compañera de toda la vida, su
orgullo al ver crecer a sus hijos, la satisfacción de ver a un alumno
finalmente resolver un problema, el gusto de cargar y ver crecer a cada uno de sus nietos, su
opinión sobre la forma en que estaba cambiando el mundo. Cuando alguien
se va, se lleva también sus recuerdos ¿cómo se veía su mamá cuando era niño? ¿cómo era la voz de su padre
de joven? las bromas de sus compañeros de Tamatán, los aromas de su rancho. También se lleva sus sueños e ilusiones, los alcanzados y los que no se
llegaron a completar. Con él se irán los espacios físicos. Pronto
la casa de los abuelitos dejará de serlo, otros inquilinos vendrán, pintarán la casa y forjarán
sus propias memorias. Nosotros pasaremos por ahí y le diremos a nuestros
hijos (y tal vez nietos) "¿te acuerdas que en esa casa, vivían tus abuelos?"
o "en esa casa (que tal vez ahora es una oficina o un Oxxo) pasé mi
infancia".
Estoy convencido que morir no es algo que hay que temer o lamentar. Es la única
certeza que tenemos. El precio del boleto para entrar en esta vida es saber que
algún día, tarde o temprano, vamos a morir. Que nos volveremos a fundir
en esa luz (que muchos llaman Dios) de dónde venimos y que será al menos tan
hermosa como la vida que dejamos atrás (por que con todo y todo, la vida es hermosa). Incluso me atrevo a decir que habría
que estar feliz por el que se va. Pero, todo eso no cambia el hecho de
que el que se va deja un hueco inmenso en nuestro corazón. Un vacío que nada
ni nadie podrá jamás llenar, y que es más, no debe ser llenado. El tamaño
de ese hueco va en proporción directa el amor profesado. Llorar purifica
el alma y es un homenaje al amor que sentimos y seguiremos sintiendo por esa
persona que se nos adelantó y que tal vez, literalmente o como energía,
volveremos encontrar cuando lo alcancemos. Pero mientras tanto, hay que
llorar, dejar fluir esas lágrimas agridulces de agradecimiento por haber conocido
a la persona amada y de dolor por que ya no estará aquí.
Descanse en paz Don Guillermo. Querido suegro, deja mucho, pero se lleva
también mucho. Nos quedamos atrás, con la esperanza de reencontrarnos, de
alguna manera u otra algún día. En lo personal, como le dije muchas
veces, le agradezco confiarme a su hija. Yo acá se la
cuido. Como usted, haré todo lo posible para seguir su ejemplo y ser un
buen padre, esposo, hermano y un hombre de bien. Ojalá, al final de mis
días pueda decir como usted "se hizo lo que se pudo". Misión cumplida.
En Serio
Te digo en serio que la muerte no
existe. De pronto lo
descubres. Cuando el pedazo de carbón no es más
madera quemada sino carbón a solas, lleno de sí mismo,
con su propia vida; cuando la corteza del árbol o la hoja
desprendida flota sobre el arroyo, y la piedra en el fondo
junto a los caracoles crece mansamente; el agua llena de
tantas cosas minúsculas, llena de luz, de música, de insectos
destruidos, de zancudos cristianos caminando sobre
su superficie; el agua que se bebe la sombra de los
árboles; el ganado a su orilla, las quietas vacas en el
viento, el viento quieto como una transparencia; toda la
tarde, todo el concierto, la armonía, el deslumbrante
misterio que estaba allí a tu alcance, tan sencillo y tan
simple. Y tú dentro de todo, con todo en ti mismo. -Te
digo que sólo la vida existe.
Jaime
Sabines
