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sábado, octubre 08, 2005

Viviendo con el enemigo

Estimados amigos,

Hace un par de días, fui a una conferencia de un neurólogo, Joseph Chilton Pearce, donde habló de la importancia de ofrecer a la mujer embarazada y al niño un entorno seguro, de amor, que les ayude a desarrollar el neocoretx, la parte más sofisticada de nuestro cerebro, que tiene que ver con los procesos de amor, sentimientos altruistas, etc. y de como el ambiente contrario fomenta el desarrollo del proto-cerebro (el reptiliano) que hace a los niños más agresivos.

Explicaba como el cerebro y el corazón están neurológicamente conectados y como generan campos electromagnéticos (incluso habló del por qué la televisión puede tener efectos negativos en el desarrollo cerebral del niño, en la creación de sinapsis, pues desequilibra los campos electromagnéticos). También nos comentó de la importancia de lograr armonía en nuestro propio campo electromagnético (nuestro pensar, sentir y querer) por que nosotros mismos emanamos energía y toda esta afecta a los demás. Una frase que me impactó: “Afectamos a cada niño que pasa a nuestro lado por la calle. Los niños no se convertirán en lo que nosotros queremos que se conviertan, se convertirán en lo que nosotros somos

Abajo parte de una entrevista suya en Internet, me pareció tan interesante que la traduje (rapidito, así que mis disculpas si algunos términos no son claros o técnicamente correctos).

Entrevistador: ...hace poco dijo que la televisión es el archienemigo de la imaginación. ¿Que es lo que la televisión le esta haciendo a nuestros niños?

Joseph Chilton Pearce: La TV literalmente interrumpe el crecimiento neuronal en el cerebro de los niños. Cuando niños pequeños ven demasiada TV, esta suprime la capacidad cerebral de crear imágenes mentales de cosas o personas o de eventos que no llegan a través de los sentidos sino del medio ambiente, es decir, lo que regularmente llamamos “imaginación”. En el pasado los investigadores pensaban que el único posible efecto negativo de la TV era el derivado del contenido de los programas. Actualmente existe suficiente evidencia de que la tecnología de los aparatos es por sí misma dañina. En otras palabras, el simple acto de ver TV tiene profundos efectos negativos en la fisiología de los seres humanos.

Ent: ¿Cómo?

JCP: Es una larga historia, que se origina en los 60s, cuando se descubrió que las mentes de los niños se tornaban catatónicas frente las “pantalla chica”. Esto tiene que ver con la forma en que el cerebro reacciona ante la luz radiante, que es la luz que emanan televisiones y monitores de computadora, y la luz reflejada, que es la que nos brinda el resto de las experiencias visuales. Esto es muy complejo como para explicarlo en este momento, así que déjame sólo decirte que el cerebro tiende a bloquearse frente a fuentes de luz radiante. Todos hemos visto como los niños parecen como hipnotizados luego de ver televisión por un periodo largo de tiempo.

Lo que más me preocupa, tiene que ver con la forma en que la industria de la TV respondió a este efecto, introduciendo lo que se conoce como el “efectos de alerta” ("startle effects") en los programas infantiles. Un efecto de alerta, es aquel que es percibido por el cerebro como una emergencia, y manda la señal de estar alerta y poner especial atención a la fuente de donde este se origina (Nota del Traductor: Un claro ejemplo en otro contexto, es cuando escuchamos un ruido en la noche y nuestro cerebro enfoca toda nuestra atención para tratar de descubrir la naturaleza y origen del ruido).

La TV logra este efecto con cambios bruscos y dramáticos de intensidad de la luz o el sonido y el cambio rápido del ángulo de la cámara. Sin embargo, gradualmente el cerebro comienza a habituarse a esta situación, al darse cuenta que son falsas alarmas y se ajusta a esta situación. Como resultado, aproximadamente cada 10 años, la TV ha tenido también que “ajustarse” elevando cada vez más la magnitud de los efectos de alerta, que se traduce en una explosión periódica en el aumento de las imágenes violentas en las caricaturas, teniendo como resultado actualmente un promedio de 16 elementos de violencia por cada media hora de programación.

Cabe destacar que la naturaleza de los programas es irrelevante. Si bien nuestro cerebro superior ó neocortex sabe que las imágenes en la TV no son reales, el cerebro inferior o reptiliano no lo sabe (Nota del Traductor: éste cerebro es nuestro cerebro primitivo, que compartimos con otras formas de vida menos evolucionadas –siendo las primeras los reptiles- mientras que el Neocortex es la parte más evolucionada, característica sólo de los humanos). Esto significa que cando un niño ve violencia en la TV, el cerebro reptiliano manda una serie de mensajes de alarma al cerebro emocional, que a su vez las transmite al corazón. En el momento en que el corazón recibe cualquier señal de emergencia o peligro, detiene su actividad harmónica normal, cambiando a un estado incoherente de emergencia, detonando la secreción de la más potente hormona en el cuerpo humano, el cortisol. El Cortisol instantáneamente pone en alerta al cerebro y le hace producir trillones de conexiones neurales a fin de estar listo para enfrentar la emergencia.

Luego, cuando el cerebro recibe el mensaje de que no hay moros en la costa, se secreta otra hormona para disolver las conexiones neuronales que no fueron utilizadas para responder rápidamente a la presunta amenaza. El problema con la programación actual para niños, es que esto ocurre constantemente y sin descanso. El cerebro de un niño americano promedio, que ha visto entre 5000 y 6000 horas de televisión antes de cumplir 5 o 6 años se encuentra en un alto estado de confusión. La sobre estimulación masiva de la TV esta obligando al cerebro a des-adaptarse de una manera que antes se hubiese considerado imposible. Literalmente esta afectando todos los niveles de desarrollo neuronal.

Ent: ¿Nos podría dar algún ejemplo específico?

JCP: Voy a darle un par. El Instituto Alemán de Psicología ha llevado a cabo un estudio de 20 años, estudiando a 4000 niños por año, niños que han visto un promedio de 5000 a 6000 horas de televisión para los 6 años. Los investigadores descubrieron que hace 20 años, los niños podrían distinguir entre 360 diferentes grados de un mismo color, digamos rojo o azul. Actualmente el número ha bajado a 130. Esto es casi una perdida de dos terceras partes de la capacidad de distinguir grados de un color. Esto es estrictamente una perdida neuro-cognitiva. El cambio más serio que han descubierto, es una baja en la habilidad del cerebro de correlacionar la totalidad de la información del su cinestético/sensorial. Es decir, cada vez más, los sistemas sensoriales de los nov están actuando como componentes aislados en el cerebro y cada vez menos como un todo coordinado.

Cuando pusieron a los pequeños en un entorno que no tuviera estímulos de alta densidad, como los que vienen de la TV, sintieron ansiedad, aburrimiento y tendencia a la violencia. Los inquietantes resultados finales del estudio alemán es que, en el periodo de 20 años, los nov han tenido una reducción del 20% de su capacidad de percibir su entorno. Esto concuerda claramente con los estudios en los 80s de Marcia Mikulak, donde detectó una reducción del 20 al 28.5% en la habilidad de percibir señales sensoriales de su medio ambiente, en comparación con nov de sociedades no expuestas a la tecnología. En otras palabras, los estudios en Alemania corroboraron lo que ya se sabía respecto de la perdida de la sensibilidad en los menores, cuando son expuestos a los estímulos inapropiados de la televisión, la música rock y las computadoras.

...

Ent. Pero hay tantas profesiones hoy en día que involucran el uso de computadoras. ¿Como enseñarle a los jóvenes a utilizar computadoras sin depender demasiado de ellas?

JCP: ... la conclusión fue que todo tiene que ver con la edad apropiada. Un profesor el MIT discutió apasionadamente sobre la necesidad de alentar en los niños primero el desarrollo de la capacidad de pensar y luego darles computadoras. Sólo entonces, el cielo es el límite. Pero si les das computadoras antes que los niños hayan desarrollado las capacidades de pensamiento, tienes una receta para el desastre. Esto es por que, como lo expuso
Piaget , los primeros 12 años de vida son dedicados a poner en su sitio las estructuras del conocimiento que permiten a los jóvenes entender información abstracta, metafórica y simbólica. La capacidad de pensamiento abstracto, se desarrolla como resultado de los procesos concretos de la naturaleza establecidos luego de millones de años. El peligro aquí es que las computadoras, que funcionan con la misma tecnología de tubos de rayos catódicos que la TV, interrumpa ese desarrollo.

Esta para pensar ¿no?

Avidyanath
© 2005

Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...

sábado, octubre 01, 2005

El “juego” de la vida

El clásico del fútbol y final de temporada, chivas-águilas; Jesús en persona bajó a ver el juego. Las chivas anotan y Jesús salta de su butaca y celebra el gol (más de un “chiva” se enorgullece de ver que Jesús le va a su equipo). Momentos después, las águilas anotan y Jesús salta de su butaca y celebra el gol Entonces un aficionado se le acerca y le pregunta, “¿pues a que equipo le va?” a lo que Jesús responde,
“yo sólo vine a disfrutar del juego.”
Anthony de Mello


Dos eventos de esta semana se relacionaron de manera un tanto sorpresiva para mí.

Ayer asistí a una charla del Rabino Michael Lerner. Su tesis básicamente se reducía a explicar que el origen de la crisis espiritual mundial se debe a la divergencia entre los valores que se enseñan en la iglesia (mezquita, sinagoga, comuna, etc.) y la realidad social. Vivimos en un mundo donde los valores “reales” es decir, los que realmente llevamos a la práctica en el trabajo, donde pasamos más del 80% de nuestras horas de vigilia, son la ley del más fuerte, del ser el número uno y de estimar el valor (utilidad o amenaza) que cada persona me representa. Mientras no llevemos nuestra espiritualidad al lugar de trabajo (me refiero a los valores, NO a rezar el rosario en la oficina) la situación no va a cambiar.

No podría estar más de acuerdo con él. Si alguien me preguntara ¿cual es el objetivo de la vida? Sin parpadear le respondería que es aprender, experimentar, divertirnos. La vida –le diría– es un juego que no hay que tomarse demasiado en serio, por que nadie sale vivo de aquí.

El segundo evento fue un ejercicio que hicimos en clase hoy. Se nos pidió pararnos frente a frente de algún compañero, cada uno sosteniendo con las dos manos la misma hoja de papel. Luego nos pidieron imaginar que esa hoja era “lo” más importante de nuestra vida, algo sin lo cual no podríamos vivir, y por ende, se lo queríamos quitar a la otra persona. La pura idea de que “lo” más importante en mi vida estaba frente a mí y en juego, me lanzó un escalofrío por toda la espalda. Empezó la dinámica y, aprovechando un descuido de mi pareja, ¡zaz! Le arrebaté la hoja. Todo el resto del tiempo, fue ella tratando de recuperarla y yo, literalmente, corriendo por todo el salón para que no me la “ganara”. Confieso que hubo momentos (el ejercicio duró 5 minutos) en que llegué a sentir un poco de pena por ella e incluso consideré (por algo así como un nanosegundo) prestarle la hoja por un rato. Pero cada que pensaba eso, una voz de lo más profundo me decía “¡NO! se trata de lo más valioso para ti, y no lo vas a poner en juego. Sorry, si ella no se puso viva y perdió, es SU problema, en esta vida al que se agacha lo ensillan...”. Podríamos decir que “gané” el ejercicio pues conservé la hoja hasta el final.

En el grupo hubo de todo, desde los que jamás soltaron la hoja, los que buscaron chantajear a la contraparte, los que llegaron a un acuerdo para sostenerla juntos, los que la rompieron, los que la perdieron y rápidamente renunciaron a recuperarla, etc. ¿Tu que hubieras hecho?

¿Y mi filosofía? ¿Y mi acuerdo categórico con Lerner? ¿Será que estoy dispuesto a vivirla en tanto no este en juego aquello que realmente valoro? Será que muy en el fondo pienso –como el ranchero- “¡que se haga la voluntad de dios! ... en las vacas de mi compadre...” Creo que es peor aún. La verdad es que ni siquiera pensé nada. Tampoco me preocupó como se sentía ella. Cuando lo más importante para mí estaba en juego, la conducta brotó de lo más profundo de mí. De un instinto básico de supervivencia (bastante darwiniano). Por suerte (aunque hay que recordar que no fue una coincidencia) desde el principio “aseguré” mi posición y desde ahí fue incluso divertido ver a mi compañera luchar. ¿Que hubiera pasado si ella hubiera tenido la hoja en su poder? Algo es seguro, el riesgo de perderla me hubiera causado una ansiedad terrible y hubiera hecho LO QUE HUBIERA SIDO NECESARIO para recuperarla. Quizá hubiera tratado de razonar, o aprovechado mi estatura y fuerza y arrebatársela. La verdad, no sé.

¿Es esta mi la conducta que regularmente adopto en la vida? ¿Al menos cuando tengo mucho que perder? Probablemente sí.

Cuando me puse a considerar todo esto, sobra decir que me di cuenta lo pírrico de mi victoria. Pero insisto, en ese momento, todas las voces se callaron. Era ella o yo y no había discusión. ¿Dónde aprendí esto? No lo sé, lo que sí sé es que muchas, muchísimas veces la vida me lo ha confirmado (escuela, profesión, etc.). También sé que mientras no cambiemos ese paradigma (que es el valor que realmente vivimos el 80% de nuestra vida) que –al menos en mí– se encuentra arraigado en lo más profundo, difícilmente podremos realmente vivir nuestros valores espirituales.

Cierto, sé que suena casi imposible. Alguno podría decir que casi contra-natura (pero ojo, tal argumento nos llevaría a pensar que todo y cualquier acto de caridad, de amor desinteresado es también contra natura). Acúsome optimista, creo que no es así. Pero reconozco que todo cambio de paradigma (sobre todo de uno tan primordial) presupone mucha resistencia.

¿Por donde comenzar? Bueno, primero preguntándonos ¿cual es nuestra propia visión del mundo? Si es la del más fuerte ¿me funciona? O lo que es lo mismo ¿me hace feliz? Y siguiendo el consejo de Lerner, rompamos esa inercia haciendo “actos espontáneos de amor y generosidad”

Avidyanath
© 2005
Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...