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lunes, octubre 13, 2003

La Teología del Parque de Diversiones

El propósito de la vida es el disfrutarla.
Dalai Lama

Permítanme esbozar una teoría, pueden estar de acuerdo o no, pero les pido la consideren, por lo menos antes de desecharla.

Creo que dios existe (discutir su existencia sería motivo de otro artículo). Sostengo que Dios creó un universo y (que es lo que realmente nos atañe) un planeta maravillosos. Citando al Génesis :”Vio Dios que todo cuanto había hecho era muy bueno”. Para efectos de mi argumento, comparemos el mundo con un parque de diversiones, con un Disneylandia elevado a la “n” potencia y a dios con su director.

Ahora bien, dios creó este parque de diversiones perfecto y nos puso aquí. Lo que es mejor, nos dio un boleto universal que nos permite disfrutar de todos los juegos, en la medida en que nosotros estemos dispuestos a caminar hasta donde se encuentran. ¡Eso es todo! Al abrirte las puertas del parque, el director te dijo: “diviértete, hice este parque para ti, por que te amo, el parque es perfecto hasta el más mínimo detalle y funciona tal y como debe funcionar; eres libre, has lo que quieras”

¿Qué tal? Ahora, la gente que entra al parque toma diversas actitudes:

Algunos se quedan en la caseta de información, leyendo el mapa, volviéndose expertos en el parque y sus maravillas. Son capaces de corregir a cualquiera sobre la dirección “correcta” de llegar a la rueda de la fortuna o al carrusel; desgraciadamente, ellos sólo conocen el instructivo.

Muy cerca de ellos, también en la caseta de información, encontramos algunos que se la pasan esperando a que el director del parque les diga que juegos visitar, implorando les dirija sobre el camino que les ha trazado, que les dé una señal sobre los juegos que realmente quiere que conozcan. Algunas veces, interpretan un acontecimiento como “la señal” esperada y si tiene suerte, acaban conociendo el parque, otras, se quedan esperando, olvidando las instrucciones del director (quien no les va a sugerir juegos, pues ello interferiría con la libertad que les dio, y Él es el primero en acatar las reglas que él mismo ha puesto).

Otros deciden no disfrutar el parque de diversiones, pues seguramente en algún otro lugar, hay un parque mejor, y –han concluido- si se “sacrifican” en este, la recompensa será gozar del otro parque. Junto a ellos, un grupo esta convencido de que, considerando que el parque no es “real” o es solamente un juego, no vale la pena jugarlo y deciden no participar, dedicando su tiempo a prepararse para lo que vendrá cuando salgan del parque.

Unos mas optan por los juegos de competencia, el tiro al blanco, los aros, las carreras. Su conclusión es que la única manera de disfrutar el parque es ganando muchos premios, logrando ser admirados por el resto por la cantidad de monos de peluche que han conseguido. Se preocupan por ganar y buscan reconocimiento por sus logros. Lo que no saben (o más bien no quieren ver) es que no se podrán llevar nada cuando salgan del parque, pues una de las reglas (para entrar en el parque, NO para estar en él) es que sales de él precisamente con lo mismo con que entraste.

Algunos prefieren los juegos de velocidad, las montañas rusas y los juegos de vueltas. Suben y vuelven a subir a los mismos juegos. Se marean y vomitan, pero siguen insistiendo en estos juegos. Otros prefieren la casa de los espantos, se asustan y vuelven a asustar, pero eligen (se den cuenta o no) volver a subirse una y otra vez. Junto a ellos encontramos los que deciden dedicarse a comer, palomitas, refresco, hotdogs, helados, etc. Todos ellos, insisto, escogen libremente y están tan absortos en su juego, que olvidan que es un parque de diversiones y se convencen que es la realidad.

Otros se la pasan quejando de que en unos juegos se marean, que otros los asustan, que unos están muy lejos, que para otros se requiere cierta estatura y de que no todos pueden entrar a todos los juegos. Además les molesta la inconsideración de los que se divierten más que ellos y envidian a los que están disfrutando el parque. Los más proactivos de este grupo, se organizan para tratar de mejorar el parque, –tal vez- convencidos que el director necesita de una ayudita y que ellos saben como hacerlo.

Muy cerca de los anteriores, algunos optan por el papel de anfitriones o auxiliadores. De autonombran guías del parque, vigilantes o salvadores. Deciden que es mucho más meritorio ayudar a otros a disfrutar el parque que disfrutarlo ellos mismos. Muchos de ellos comparten la filosofía de los “sacrificados”, otros se han convencido que no merecen divertirse en el parque y sólo algunos pocos, disfrutan realmente con este papel que libremente escogen.

Finalmente (aunque creo que con un poco de imaginación podríamos encontrar muchos más) están los que toman literalmente las instrucciones del director y deciden disfrutar del parque, lo recorren disfrutando los sustos de la mansión encantada, la rueda de la fortuna, los mareos de los juegos de vuelta, la comida, la bebida, el paisaje, etc. En breve, disfrutan del paseo y de la oportunidad de estar aquí. Curiosamente, estos parecen ser muy pocos...

Pasamos la vida preguntándonos cuál es su propósito ¿por qué estoy aquí? Incluso nos preguntamos si hay vida después de la muerte. Alguien dijo que sería mejor preguntarnos si hay vida antes de la muerte. Tony de Mello acostumbraba decir que la mayoría de la gente ya está muerta, sólo que el entierro ocurre algún tiempo después.
¿Por qué tanta preocupación con el sentido de la vida? ¿No podrá ser que el sentido de la vida sea la vida misma? ¿por qué DEBE tener un objetivo? ¿qué acaso algunas de las mejores cosas de este mundo no tienen objetivo alguno? ¿cuál es la meta de visitar un parque de diversiones? ¿cuál es el objetivo de la música o de la danza? ¡No tienen! No se baila buscando llegar a un lugar en el salón ni se escucha una pieza musical esperando llegar al final. Cantan los Rolling Stones que la vida es el viaje, no su destino; y John Lennon dijo que la vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados planeando (esperando, implorando, etc.) otras cosas.

¿Por qué estamos en este parque de diversiones? No lo sé. A veces me imagino a dios a la salida del parque, y casi puedo ver a los que le reclaman por los mareos y los sustos, los que exigen recompensa por sus sacrificios, los que van molestos pues no respondió a su clamor en la caseta de información, los que esperan un reconocimiento por haberse aprendido el mapa, etc. Olvidando todos que fueron ellos mismos los que eligieron que hacer, sin imposición ni solicitud de dios; mientras Él, en silencio, sonríe sólo a los que decidieron tomarlo en serio y disfrutar del parque...

¿No es la mejor recompensa de un padre el ver feliz a su hijo? ¿no será la mejor forma de alabanza a dios disfrutar plenamente de la maravillosa creación?

Avidyanatha
© 2003

Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...

sábado, septiembre 13, 2003

Confía en ti mismo


Nada ni nadie puede darte paz, más que tu mismo.
Ralph Waldo Emerson

Mi vida espiritual esta llena de expertos. Si quiero mejorar mi relación con dios, acudo a un consejero espiritual. Si busco conocer si le he ofendido, busco a mi confesor; si quiero hablar con dios, pido asesoría a un sacerdote, sobre como orar (todo esto, sin contar la legión de médiums, místicos, sanadores, shamanes, adivinadores, gurúes, etc. siempre dispuestos a ayudarme a comunicarme con él). A veces me pregunto ¿no le gustaría a dios que tuviéramos una relación más directa, aunque tal vez más amateur?

Vivimos tiempos de cambio. Ya es casi un cliché (no por ello menos cierto) aquello de “lo único permanente es el cambio”. El hombre moderno cuestiona principios, reglas e instituciones que hace apenas muy poco daba por sentadas. Creo que en nuestra vida espiritual ocurre lo mismo. Somos producto de nuestro tiempo y cultura, como nuestros padres y abuelos fueron de la suya. Alguien señaló alguna vez que Buda no pudo haber sido San Francisco de Asís, pues a ambos los influenciaba su entorno. Del mismo modo, los escritos de Pablo, Mahoma o Confucio, no pueden entenderse cabalmente fuera de su contexto histórico. El hombre del siglo XXI tal vez tenga las mismas preguntas que las del hombre en tiempo de Moisés, Siddharta o Jesús; sin embargo, las respuestas que satisficieron a aquellos difícilmente son suficientes ahora. Sospecho que es precisamente esa falta de respuestas apropiadas lo que va alejando, cada vez más, a los jóvenes de las religiones establecidas. Lo interesante es que –sólo tal vez- esto no sea tan malo como parece.

Tal vez es el momento de volver hacia adentro. Volver a nosotros mismos. La idea no es (aunque pueda sonar) tan descabellada. ¿no somos –según el hinduismo- expresiones individuales (atman) del dios universal (brahaman)? No sugiere Jesús mismo que cuando hagamos oración lo hagamos en nuestro cuarto, con la puerta cerrada y ahí encontraremos al padre. ¿No está dios dentro de cada uno de nosotros?

Sospecho que lo que pasa es que nos hemos llenado de ritos, de fórmulas, de intermediarios, que nos llenan de ruido y (como decía la madre Teresa) dios nos habla muy quedito, necesitamos del silencio para escucharlo. Y añadiría que no sólo silencio, sino también confianza en nosotros mismos, en esa voz interior que estamos tan acostumbrados a NO escuchar. Le damos más valor a lo que otros (por bien intencionados que sean) nos dicen que debe ser y desconfiamos de nosotros mismos. Una nueva espiritualidad requiere que escuchemos, en silencio, a esa voz que proviene desde lo más hondo de nuestro corazón y que es la voz de dios mismo hablándonos bajito, a cada uno, en nuestro propio idioma. Escuchando esa voz, encontraremos la respuesta que todos (lo tengamos claro o no) buscamos. Llenaremos el vacío espiritual que estamos intentando atiborrar con cultos o sectas o nuevos ídolos o drogas o propiedades o con más vacío.

Esto parece muy fácil, pero todo lo contrario. Si eres honesto contigo mismo, es difícil. Se requiere valor para dejar el rebaño y ser tu propio pastor. Valor para pararse sólo. Cuando éramos bebes, requerimos de mucho valor para aprender a caminar, nos caímos mil veces y mil veces nos levantamos para volverlo a intentar. Pero entonces nuestro espíritu estaba virgen, la sociedad no nos había llenado de dudas sobre nuestra valía, no habíamos aprendido la “habilidad” de moldearnos a las circunstancias. Confiábamos en nosotros mismos, éramos valientes. Ese tipo de valor se requiere. Valor para escuchar (y no sólo escuchar, sino respetar, hacer respetar y seguir) nuestra propia voz. Sólo los hombres y mujeres maduros son capaces de esto.

Buda recomendaba a sus aprendices no aceptar sus palabras, ni las de ningún maestro, sólo por respeto a él. Les invitaba a pensarlas, analizarlas, ponerlas en práctica y sólo aceptarlas al comprobar que les llevaban A CADA UNO EN LO PERSONAL a la felicidad.

Quizá deberíamos comenzar a escucharnos a nosotros mismos y tener una relación más ”amateur” con dios.

Avidyanatha
© 2003

Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...

El cielo esta en otra parte (mira alrededor)

Alguien dijo que el secreto de la felicidad no esta en tener lo que quieres, sino en querer lo que tienes. Por mucho tiempo pensé que esa era la formula del conformismo; que si todos tomáramos esa actitud, viviríamos sumidos en la mediocridad, no había desarrollo ni progreso alguno. Hoy me pregunto ¿será eso tan malo? ¿Cambiaría mi “progreso” por felicidad? ¿Lo he hecho ya? Ya se ha dicho que no buscamos soluciones, sino paliativos para nuestro sufrimiento. ¿Prefiero ser infeliz en la opulencia a feliz en la honrosa medianía? (parafraseando a Juárez).

¿Por qué anhelamos lo que no tenemos? ¿Por qué la fruta prohibida es la más apetecible? ¿Resultado del pecado original? (en sentido figurado, claro esta) La relación subrepticia, fumar a escondidas, echarse la pinta. Envidiamos el carro del vecino y valoramos a su pareja idealizándola sobre la nuestra; deseamos lo que no tenemos ¿por qué será?

Hace poco me enfrasqué en una discusión sobre este tema con un grupo de amigos y se defendió la idea de que esa inconformidad es sana, es el motor del desarrollo (volvemos a la misma idea) ¿No estaremos drogados por esa idea al grado de considerarla positiva? ¿No estamos lamiendo nuestras cadenas?

Sin duda nuestra cultura occidental tiene un papel importante en este proceso de lavado de cerebro. Hay que ganar, hay que ser el número uno, “hasta que usé/tuve/poseí “x” carro, camisa, detergente, loción, etc., etc., fui feliz” ¿Por cuánto tiempo? Somos como niños malcriados en una habitación llena de juguetes. Jugamos con ellos por un momento y pronto nos aburre y queremos el juguete que tiene el otro niño. Hastío es el común denominador (consciente o no) detrás de esa búsqueda y –tarde que temprano- según que tan analítico o superficial sea uno, se da cuenta que ha vivido engañado, que la anhelada felicidad no esta en tener más juguetes (posición económica, puestos, reconocimientos, conquistas, posesiones...) y llega el sentimiento de vaciedad y entonces queremos reclamar, solicitamos la devolución de nuestro dinero, nos volvemos cínicos ante la vida, por la mala broma que nos ha jugado. ¿Por qué no me lo dijeron antes?

¡Pero nos lo han dicho antes! Lo dijo Gotama-Buda, al decir que el origen de todo sufrimiento son los apegos; nos lo dijo Jesús-Cristo al sugerirnos que no atesoráramos tesoros en la tierra, que son precederos, sino que los atesoráramos en el cielo (evito entrar a la discusión religiosa sobre que significa “en el cielo” en mi opinión, quiere decir, tesoros del espíritu).

San Francisco decía “deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco”. Esa postura sin duda te sitúa en posición de ver claramente (liberarte del “maya” según los hindúes).

Claro que yo no creo que debamos tampoco renunciar literalmente a las cosas materiales (ni creo que Buda o Xto lo hayan sugerido), sino renunciar al deseo al “necesito tenerlo”. En realidad son pocas las cosas que realmente necesitamos tener. No, vivamos en este mundo sin ser de él. Abramos los ojos, tal vez nos daremos cuenta que lo que “realmente” necesitamos, ya lo tenemos y –lo que es más- siempre lo hemos tenido.

El maestro invitó al reconocido profesor, que estaba de visita en el pueblo, a que lo acompañara a cenar en su casa. Al llegar, el profesor notó con asombro que la casa del maestro no tenía mas muebles que un catre, una lámpara y una mesa con dos sillas. Sorprendido el profesor preguntó: “Maestro, ¿dónde están sus posesiones?” a lo que el maestro respondió con otra pregunta “¿dónde están las suyas?” “¡pero si yo sólo vengo de paso!” contestó el profesor; “también yo” fue toda la respuesta del maestro.,

Avidyanatha
© 2003

Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...

viernes, septiembre 05, 2003

Muchos caminos, un destino

Cuando leas, no lo hagas buscando contradecir ni aceptar, sino comprender y ponderar.
Francis Bacon


“¿Dónde esta dios?” esa pregunta la hacemos de niños, quizá antes aún antes de comenzar a ir al catecismo. Claro que todos sabemos la respuesta “dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. A veces me pregunto si realmente lo creemos o si más bien creemos (y para conocer nuestras verdaderas creencias no hay que escuchar lo que decimos sino observar lo que hacemos) que dios se encuentra bien guardadito en las iglesias, a salvo de todo mal.

Un pececito se acerco al gran pez a quien todos respetaban por su sabiduría y edad avanzada. “Disculpe señor” dijo el pececito, “¿me podría decir usted donde puedo encontrar el océano?, “¿el océano?” respondió el gran pez, “el océano es lo que te rodea, donde te mueves, respiras y existes”, “¡Oh no señor!, esto es sólo agua, el océano es algo grande y maravilloso”. El gran pez miró con amor al pequeño pececito, pero no dijo más. El pececito se fue de ahí a seguir su búsqueda; triste y a la vez sorprendido de que alguien supuestamente tan sabio, no supiera donde encontrar al océano.
[1]

Una de las estatuas más famosas de la India, es la imagen del dios danzante Shiva Nataraja ó “Shiva señor de la danza”. La imagen no significa que el dios Shiva sea el “santo patrono” de la danza, sino que tiene un significado mucho más profundo. Para quienes profesan la religión hinduista (de forma similar a nosotros), dios es el creador del universo, y dicha creación sólo existe en dios, como parte de él y no como algo independiente. Del mismo modo que la danza es creada cada momento por el bailarín, y es parte de él. No se puede concebir una pieza de danza sin el bailarín, así como no puede concebirse a la creación sin dios.

¿Qué tal si dios realmente esta en todas partes? ¿Qué tal si lo pudiéramos “ver” a cada paso, en cada lugar? ¿No sería acaso maravilloso?

Vamos considerando esta idea con más detenimiento. TODA la creación es obra Y parte de dios. Partiendo de esta premisa, no es difícil imaginar y “ver” a dios en todas partes, no como un señor mayor con larga barba blanca, sino como su creación. Dios está presente (dios “es”) en cada árbol, en cada gota de agua, en el canto de cada ave, en cada niño; pero también en cada lágrima, en cada enfermedad, en cada sollozo y en cada risa. Más aún, cada uno de nosotros es dios, de la misma manera que cada gota del océano ES el océano. Es decir, no es distinto del océano, sino que contiene toda su esencia y es parte del él. ¿No sería esto a lo que se refería Jesús, al decir “el que me ve a mí, ve al Padre”? Recordemos que el Génesis mismo dice que dios nos creó a su imagen y semejanza (recuerde de nuevo las gotas del océano). ¡Imagine las implicaciones de creer esto! (que no tiene nada de novedoso), finalmente podríamos ver a dios, no sólo en lo bello de la creación, sino en toda ella y –más importante- en cada una de las personas que encontráramos en nuestro camino.

Hagamos un experimento. Deja de leer un momento y di con toda la convicción posible: “yo soy dios” ¿ sonó raro?, quizá incluso presuntuoso o tal vez una herejía. Tal vez te incomode, quizá es demasiada responsabilidad. Sea lo que sea que hayas sentido, esta bien, este pequeño ejercicio al menos debió servir para dar un vistazo (si bien uno muy por encimita) a tus creencias y relación con dios. Esto siempre es bueno.

Los budistas Zen creen que todos somos “budas” pero que no nos hemos dado cuenta. Creo que cualquier reacción al experimento de arriba, es producto más de la falta de costumbre que de otra cosa. Vale la pena seguir reflexionando en esto, pero con cuidado! Si llegas mañana a tu trabajo diciendo “¿qué creen? Acabo de descubrir que soy dios” con toda seguridad creerán que estas loco (¿suena familiar?) Sin embargo en la India, si hicieras la misma declaración, probablemente te responderían: “¡Felicidades! finalmente te diste cuenta”.

Avidyanatha
© 2003

[1] El cuento original de Anthony de Mello.