El clásico del fútbol y final de temporada, chivas-águilas; Jesús en persona bajó a ver el juego. Las chivas anotan y Jesús salta de su butaca y celebra el gol (más de un “chiva” se enorgullece de ver que Jesús le va a su equipo). Momentos después, las águilas anotan y Jesús salta de su butaca y celebra el gol Entonces un aficionado se le acerca y le pregunta, “¿pues a que equipo le va?” a lo que Jesús responde,
“yo sólo vine a disfrutar del juego.”
Anthony de Mello
“yo sólo vine a disfrutar del juego.”
Anthony de Mello
Dos eventos de esta semana se relacionaron de manera un tanto sorpresiva para mí.
Ayer asistí a una charla del Rabino Michael Lerner. Su tesis básicamente se reducía a explicar que el origen de la crisis espiritual mundial se debe a la divergencia entre los valores que se enseñan en la iglesia (mezquita, sinagoga, comuna, etc.) y la realidad social. Vivimos en un mundo donde los valores “reales” es decir, los que realmente llevamos a la práctica en el trabajo, donde pasamos más del 80% de nuestras horas de vigilia, son la ley del más fuerte, del ser el número uno y de estimar el valor (utilidad o amenaza) que cada persona me representa. Mientras no llevemos nuestra espiritualidad al lugar de trabajo (me refiero a los valores, NO a rezar el rosario en la oficina) la situación no va a cambiar.
No podría estar más de acuerdo con él. Si alguien me preguntara ¿cual es el objetivo de la vida? Sin parpadear le respondería que es aprender, experimentar, divertirnos. La vida –le diría– es un juego que no hay que tomarse demasiado en serio, por que nadie sale vivo de aquí.
El segundo evento fue un ejercicio que hicimos en clase hoy. Se nos pidió pararnos frente a frente de algún compañero, cada uno sosteniendo con las dos manos la misma hoja de papel. Luego nos pidieron imaginar que esa hoja era “lo” más importante de nuestra vida, algo sin lo cual no podríamos vivir, y por ende, se lo queríamos quitar a la otra persona. La pura idea de que “lo” más importante en mi vida estaba frente a mí y en juego, me lanzó un escalofrío por toda la espalda. Empezó la dinámica y, aprovechando un descuido de mi pareja, ¡zaz! Le arrebaté la hoja. Todo el resto del tiempo, fue ella tratando de recuperarla y yo, literalmente, corriendo por todo el salón para que no me la “ganara”. Confieso que hubo momentos (el ejercicio duró 5 minutos) en que llegué a sentir un poco de pena por ella e incluso consideré (por algo así como un nanosegundo) prestarle la hoja por un rato. Pero cada que pensaba eso, una voz de lo más profundo me decía “¡NO! se trata de lo más valioso para ti, y no lo vas a poner en juego. Sorry, si ella no se puso viva y perdió, es SU problema, en esta vida al que se agacha lo ensillan...”. Podríamos decir que “gané” el ejercicio pues conservé la hoja hasta el final.
En el grupo hubo de todo, desde los que jamás soltaron la hoja, los que buscaron chantajear a la contraparte, los que llegaron a un acuerdo para sostenerla juntos, los que la rompieron, los que la perdieron y rápidamente renunciaron a recuperarla, etc. ¿Tu que hubieras hecho?
¿Y mi filosofía? ¿Y mi acuerdo categórico con Lerner? ¿Será que estoy dispuesto a vivirla en tanto no este en juego aquello que realmente valoro? Será que muy en el fondo pienso –como el ranchero- “¡que se haga la voluntad de dios! ... en las vacas de mi compadre...” Creo que es peor aún. La verdad es que ni siquiera pensé nada. Tampoco me preocupó como se sentía ella. Cuando lo más importante para mí estaba en juego, la conducta brotó de lo más profundo de mí. De un instinto básico de supervivencia (bastante darwiniano). Por suerte (aunque hay que recordar que no fue una coincidencia) desde el principio “aseguré” mi posición y desde ahí fue incluso divertido ver a mi compañera luchar. ¿Que hubiera pasado si ella hubiera tenido la hoja en su poder? Algo es seguro, el riesgo de perderla me hubiera causado una ansiedad terrible y hubiera hecho LO QUE HUBIERA SIDO NECESARIO para recuperarla. Quizá hubiera tratado de razonar, o aprovechado mi estatura y fuerza y arrebatársela. La verdad, no sé.
¿Es esta mi la conducta que regularmente adopto en la vida? ¿Al menos cuando tengo mucho que perder? Probablemente sí.
Cuando me puse a considerar todo esto, sobra decir que me di cuenta lo pírrico de mi victoria. Pero insisto, en ese momento, todas las voces se callaron. Era ella o yo y no había discusión. ¿Dónde aprendí esto? No lo sé, lo que sí sé es que muchas, muchísimas veces la vida me lo ha confirmado (escuela, profesión, etc.). También sé que mientras no cambiemos ese paradigma (que es el valor que realmente vivimos el 80% de nuestra vida) que –al menos en mí– se encuentra arraigado en lo más profundo, difícilmente podremos realmente vivir nuestros valores espirituales.
Cierto, sé que suena casi imposible. Alguno podría decir que casi contra-natura (pero ojo, tal argumento nos llevaría a pensar que todo y cualquier acto de caridad, de amor desinteresado es también contra natura). Acúsome optimista, creo que no es así. Pero reconozco que todo cambio de paradigma (sobre todo de uno tan primordial) presupone mucha resistencia.
¿Por donde comenzar? Bueno, primero preguntándonos ¿cual es nuestra propia visión del mundo? Si es la del más fuerte ¿me funciona? O lo que es lo mismo ¿me hace feliz? Y siguiendo el consejo de Lerner, rompamos esa inercia haciendo “actos espontáneos de amor y generosidad”
Avidyanath
© 2005
Pero por otro lado, tal vez estoy totalmente equivocado...
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