La riqueza es el número de cosas de las que puedes prescindir.
Feodor Dostoyevsky
Feodor Dostoyevsky
Ayer paseando, llegué a la “Grace Cathedral” aquí en San Francisco. Más allá del edificio, lo que me llamó la atención fue, justo a la entrada, un laberinto. Aprendí que maze y labyrinth[1] no son lo mismo, pues el segundo sólo tiene un camino y no hay callejones sin salida. Según la explicación que ahí encontré: “El camino serpentea por el laberinto y representa un espejo de donde nos encontramos en nuestras vidas…”
Como no tenía nada mejor que hacer, decidí aceptar la invitación y recorrer el laberinto. Las “instrucciones” sugerían entrar despacio, tomar conciencia de la propia respiración y comenzar. El camino efectivamente zigzaguea, representando nuestro caminar por la vida. Nuestras tristezas y alegrías, preocupaciones y anhelos. El camino es angosto y en el trayecto varias personas me “rebasaron” en este camino de la vida (yo caminaba despacio), siempre que pude, sonreí al verlos pasar, en ocasiones no voltearon a verme.
Mientras daba vueltas y vueltas por el laberinto, comencé a observar como me sentía: “¡me rebasaron! ¡Me van ganando!” “Falta mucho para llegar” “Cuando llegue al centro voy a…” y poco a poco fui descubriendo un patrón en mis ideas (que no debería decir descubriendo, pues es un patrón personal el que estoy muy familiarizado). Mi dificultad de concentrarme en el camino, mi constante deseo de ir más rápido, mi ansiedad de que otros me estuvieran “ganando” (curioso, considerando que no tenía nada más que hacer ni prisa por llegar a ningún lado), mi constante planear lo que iba a hacer cuando llegara al centro. Cada vez que pensaba en eso, dejaba de estar en el presente, es decir, dejaba de concentrarme en mi camino, desaprovechando la oportunidad de aprender algo nuevo en el trayecto.
¿No pasamos así gran parte de nuestra vida? Planeando para el futuro o recordando el pasado. ¿No perdemos en ello la irrepetible oportunidad que nos ofrece el presente? Vivimos en una sociedad tan enfocada en resultados, en metas, en objetivos, que por cumplirlos olvidamos que el trayecto es tan importante como la meta. Somos como un grupo de turistas, en un camión, concentrados en lo que van a hacer cuando lleguen a su objetivo, sin voltear siquiera a ver el hermoso paisaje que van pasando (curiosamente, cuando lleguen a su destino, muy probablemente comenzarán a pensar en el siguiente punto del viaje o el camino de regreso).
Finalmente llegué al centro del laberinto (me tomó más de media hora). No puedo decir a ciencia cierta si me sentí satisfecho por ello. Tal vez sí. Sin duda el trayecto había sido más fructífero en enseñanzas que la meta.
Sin embargo no podía quitarme una idea de la cabeza …
Como dije, siguiendo las instrucciones, entré al laberinto que representa nuestra vida, este retorcido “valle de lágrimas”con sus vueltas y vueltas que simbolizaban nuestras preocupaciones, alegrías, problemas, etc. ¿Acaso no son así nuestras vidas? Sin embargo, el laberinto no tenía ni una sola vuelta; eran sólo patrones dibujados en el piso. Tal vez también nosotros nos preocupamos por cosas que no están realmente ahí. Quizá el laberinto de nuestras vidas no es tan retorcido. Posiblemente sólo existe en nuestra imaginación y sólo es cosa de que nos demos cuenta de ello. O tal vez, el laberinto existe dentro de uno mismo, y al caminar el laberinto exterior, tuve tiempo de llegar al centro de mi propio laberinto interior.
Sin más, me levanté y caminé –en línea recta- fuera del laberinto.
Avidyanath
© 2005
Pero por otro lado, puedo estar totalmente equivocado...
[1] Por más que lo intento, no pude encontrar una palabra distinta a laberinto, para hacer la diferencia en español.
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