“¿Dónde esta dios?” esa pregunta la hacemos de niños, quizá antes aún antes de comenzar a ir al catecismo. Claro que todos sabemos la respuesta “dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. A veces me pregunto si realmente lo creemos o si más bien creemos (y para conocer nuestras verdaderas creencias no hay que escuchar lo que decimos sino observar lo que hacemos) que dios se encuentra bien guardadito en las iglesias, a salvo de todo mal.
Un pececito se acerco al gran pez a quien todos respetaban por su sabiduría y edad avanzada. “Disculpe señor” dijo el pececito, “¿me podría decir usted donde puedo encontrar el océano?, “¿el océano?” respondió el gran pez, “el océano es lo que te rodea, donde te mueves, respiras y existes”, “¡Oh no señor!, esto es sólo agua, el océano es algo grande y maravilloso”. El gran pez miró con amor al pequeño pececito, pero no dijo más. El pececito se fue de ahí a seguir su búsqueda; triste y a la vez sorprendido de que alguien supuestamente tan sabio, no supiera donde encontrar al océano.[1]
Una de las estatuas más famosas de la India, es la imagen del dios danzante Shiva Nataraja ó “Shiva señor de la danza”. La imagen no significa que el dios Shiva sea el “santo patrono” de la danza, sino que tiene un significado mucho más profundo. Para quienes profesan la religión hinduista (de forma similar a nosotros), dios es el creador del universo, y dicha creación sólo existe en dios, como parte de él y no como algo independiente. Del mismo modo que la danza es creada cada momento por el bailarín, y es parte de él. No se puede concebir una pieza de danza sin el bailarín, así como no puede concebirse a la creación sin dios.
¿Qué tal si dios realmente esta en todas partes? ¿Qué tal si lo pudiéramos “ver” a cada paso, en cada lugar? ¿No sería acaso maravilloso?
Vamos considerando esta idea con más detenimiento. TODA la creación es obra Y parte de dios. Partiendo de esta premisa, no es difícil imaginar y “ver” a dios en todas partes, no como un señor mayor con larga barba blanca, sino como su creación. Dios está presente (dios “es”) en cada árbol, en cada gota de agua, en el canto de cada ave, en cada niño; pero también en cada lágrima, en cada enfermedad, en cada sollozo y en cada risa. Más aún, cada uno de nosotros es dios, de la misma manera que cada gota del océano ES el océano. Es decir, no es distinto del océano, sino que contiene toda su esencia y es parte del él. ¿No sería esto a lo que se refería Jesús, al decir “el que me ve a mí, ve al Padre”? Recordemos que el Génesis mismo dice que dios nos creó a su imagen y semejanza (recuerde de nuevo las gotas del océano). ¡Imagine las implicaciones de creer esto! (que no tiene nada de novedoso), finalmente podríamos ver a dios, no sólo en lo bello de la creación, sino en toda ella y –más importante- en cada una de las personas que encontráramos en nuestro camino.
Hagamos un experimento. Deja de leer un momento y di con toda la convicción posible: “yo soy dios” ¿ sonó raro?, quizá incluso presuntuoso o tal vez una herejía. Tal vez te incomode, quizá es demasiada responsabilidad. Sea lo que sea que hayas sentido, esta bien, este pequeño ejercicio al menos debió servir para dar un vistazo (si bien uno muy por encimita) a tus creencias y relación con dios. Esto siempre es bueno.
Los budistas Zen creen que todos somos “budas” pero que no nos hemos dado cuenta. Creo que cualquier reacción al experimento de arriba, es producto más de la falta de costumbre que de otra cosa. Vale la pena seguir reflexionando en esto, pero con cuidado! Si llegas mañana a tu trabajo diciendo “¿qué creen? Acabo de descubrir que soy dios” con toda seguridad creerán que estas loco (¿suena familiar?) Sin embargo en la India, si hicieras la misma declaración, probablemente te responderían: “¡Felicidades! finalmente te diste cuenta”.
© 2003
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