Hoy fui a ver la película de los Miserables. Hay muchísimo que quisiera escribir, sobre el dolor que encontramos (algunos mucho más que otros) en nuestra vida y como cada experiencia va forjando nuestra vida. Sobre nuestros sueños de juventud y la realidad que los confirma o derrumba. De lo largo del viaje de la vida y las vueltas que da. De como en una sola vida tenemos múltiples encarnaciones. De los momentos que marcan nuestra vida y de como cada momento, si vivimos una vida consciente y no simplemente vegetamos, tiene el potencial de ser uno de esos momentos. De ideales y el valor de vivir e incluso dar la vida por ellos. De vivir de acuerdo a principios, principios que organizan nuestra vida y la posibilidad o no de cuestionarlos. De la importancia o no de vivir conforme a principios, morales, religiosos, etc. De ser honesto, de preocuparnos por los demás, de ser o no coherentes con nosotros mismos y de definir nosotros mismos quien somos en vez de dejar que circunstancias o terceros definan quien somos y el valor para sostener quienes somos hasta sus últimas consecuencias.
Tal vez hable de ello en el futuro o no, pero sin duda la frase que más me marca de la película y del musical, es la que le dicen a Jean Valjean al morir: Amar a otra persona es ver el rostro de Dios.
¿Cómo negarlo?
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