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jueves, mayo 20, 2010

Carta atribuida al Jefe Seattle (Si'ahl)


La tradición cuenta que el presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envió en una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Washington. A cambio, prometió crear una "reserva" para el pueblo indígena. Algunos afirman que la carta que sigue fue su respuesta (de la cual hay varias versiones).  Si bien esta claro que el Jefe Seattle nunca dijo estas palabras, ello no resta valor ni veracidad al mensaje (como leer consejos de Don Quijote no los hacen menos sabios, aunque él nunca existió).  Mensaje que, hoy más que nunca, es importante conocer y enseñar a nuestros hijos.

Para más información (en inglés) ver: http://www.synaptic.bc.ca/ejournal/wslibrry.htm

El Gran Jefe Blanco de Washington ha ordenado hacernos saber que quiere comprar nuestras tierras. ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es una idea ajena para nosotros. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra del denso bosque, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y experiencia de mi pueblo.

Nosotros conocemos la savia que recorre por los árboles del mismo modo que conocemos la sangre que corre por nuestras venas.  Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el oso, el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

El agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es sólo agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos nuetra tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.

Si les vendemos nuestra tierra, recuerden que el aire es muy valioso para nosotros, pues el aire comparte su espíritu con toda la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.

¿Le enseñarán a sus hijos lo que nosotros le hemos enseñado a los nuestros? Que la tierra es nuestra madre.  Que lo que le ocurre a la tierra le ocurre también a todos los hijos de la tierra.

Esto sabemos con certeza: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que nos une a todos. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que le haga al tejido, se lo hace a sí mismo.

Cuando el último piel roja haya desaparecido y su memoria sólo sea la sombra de una nube sobre la pradera, ¿seguirán aquí las bahías y los bosques? ¿Quedará algo del espíritu de mi gente?

Nosotros amamos a esta tierra tanto como un bebé recién nacido ama el latido del corazón de su madre.  Así que, si les vendemos nuestra tierra, ámenla como nosotros la amamos. Cuídenla como la hemos cuidado. Graben en su memoria como luce esta tierra al recibirla. Preserven la tierra para sus hijos y ámenla, tal como Dios nos ama a todos. Esta tierra es invaluable para nosotros y también lo es para ustedes. 

De algo estamos seguros, existe sólo un gran espíritu. Ningún hombre, piel roja o piel blanca, puede vivir separado de los demás.  Todos somos hermanos.

Su destino es un misterio para nosotros.  ¿Qué pasará después de que hayan exterminado hasta el último búfalo? ¿Cuándo todos los caballos salvajes hayan sido domados? ¿Qué ocurrirá cuando los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos para hablar?  ¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.  ¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Y ¿qué significa decirle adiós a los potros salvajes y a la cacería?  El final de la vida y el comienzo de la supervivencia.


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